Hay un momento —silencioso, incómodo— en el que te das cuenta de que el problema no es tu hijo.
Es el entorno.
El sistema educativo, los tiempos rígidos, las expectativas ajenas, las comparaciones constantes.
Todo parece diseñado para un solo tipo de niño: el que se adapta rápido, el que encaja, el que no incomoda.
Y el tuyo no entra ahí.
Como madre, eso duele.
Duele porque al principio dudás.
Te preguntás si estás haciendo algo mal, si faltó firmeza, si habría que exigir un poco más.
Duele porque el mundo no señala al sistema: señala a tu hijo.
Y, muchas veces, también te señala a vos.
No podés cambiar el mundo de un día para el otro.
No podés modificar escuelas, normas, ritmos sociales ni miradas ajenas con solo desearlo.
Pero sí tenés una tarea enorme y delicada: preparar a tu hijo para habitar ese mundo sin que pierda quién es.
Con el tiempo entendí que acompañar no es empujar para que se adapte todo el tiempo.
No es forzarlo a entrar en moldes que le quedan chicos o le aprietan el alma.
Acompañar es estar atenta.
Escuchar.
Leer entre líneas lo que no siempre puede decir con palabras.
Aprendí que mi rol no es corregirlo para que encaje,
sino convertirme en traductora entre dos mundos:
el de mi hijo y el de afuera.
Implica defender cuando hace falta y soltar de a poco cuando ya puede.Implica confiar en que su manera de estar en el mundo también es válida, aunque no sea la más cómoda para los demás.
Y en ese proceso, muchas veces, también soy yo la que aprende.
Aprendo a mirar distinto, a bajar el ruido, a cuestionar certezas que daba por obvias.
Porque cuando el mundo no está hecho para tu hijo,
acompañarlo también te transforma.

Publicar un comentario