Hace algunos años escribí una entrada en este blog contando cómo eran mis mañanas en el pueblo.
En ese tiempo acompañaba a mi hija mayor hasta el colegio porque todavía era muy temprano y la calle estaba vacía. Después volvía a casa, preparaba el desayuno para mi hijo más chico y arrancábamos otro día más de escuela, mochilas y horarios.
Hoy la vida sigue teniendo algo de aquella rutina… pero también cambió.
Mi hija ya es grande. Estudia lejos.
Y ese nene que iba a la primaria ahora se va en bicicleta con su mochila al hombro.
Esta mañana lo acompañé hasta la vereda y, antes de que doblara la esquina, le saqué una foto sin que se diera cuenta.
No sé por qué lo hice.
Tal vez porque de repente lo vi enorme.
Porque entendí que ya no lo llevo de la mano.
Porque un día cualquiera descubrís que la infancia quedó atrás mientras vos estabas ocupada preparando desayunos, buscando uniformes y preguntando si llevaban abrigo.
La calle seguía siendo la misma.
El pueblo también.
Los negocios recién abrían.
El aire todavía tenía ese silencio suave de las siete de la mañana.
Y ahí estaba él, alejándose en bicicleta bajo la luz del amanecer.
Y yo mirándolo desde la vereda con esa emoción difícil de explicar que tenemos las madres cuando vemos crecer a nuestros hijos.
A veces pienso que la felicidad no siempre aparece en los grandes momentos.
A veces tiene la forma de una mañana simple.
De un desayuno preparado temprano.
De una bicicleta alejándose por una calle tranquila del pueblo.
Y quizás por eso necesitaba escribirlo.
Para recordarme que, incluso en medio de los cambios, hay escenas cotidianas que terminan convirtiéndose en parte de la vida que más vamos a extrañar.

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