Cuando cuidar también cansa: encontrar un pequeño refugio para seguir
Hay un cansancio del que se habla poco.
No es el de dormir mal una noche.
No es el de trabajar muchas horas.
Es el cansancio de vivir en estado de alerta.
Quienes somos madres de hijos con TDAH, TEA o alguna condición del neurodesarrollo sabemos de qué hablo.
Vivimos pendientes.
Pendientes de una reunión con la escuela.
De una carpeta que no aparece.
De una cita con la psicóloga.
Con el psiquiatra.
Con la profesora de apoyo.
Con las tareas.
Con los cambios de humor.
Con las palabras que a veces hieren y que, segundos después, llegan acompañadas de un "perdón" sincero.
Porque sabemos que nuestros hijos no siempre quieren lastimar.
Pero igual duele.
Y cuando eso ocurre una vez...
Dos veces...
Diez veces...
También nosotros empezamos a agotarnos.
Hay días en los que sentimos que sostenemos demasiadas cosas al mismo tiempo.
Y entonces aparece la culpa.
Porque sentimos que deberíamos tener más paciencia.
Más fuerza.
Más recursos.
Pero nadie puede sostener durante años un nivel tan alto de exigencia sin necesitar un lugar donde respirar.
Hace un tiempo entendí que yo también necesitaba un refugio.
Y curiosamente ese refugio no fue irme lejos.
Fue sentarme frente a la computadora.
Subir un producto nuevo.
Escribir una descripción.
Responder un mensaje de un cliente.
Preparar un pedido.
Pensar una fotografía.
Escuchar música.
O simplemente tomar unos mates mientras la vida seguía sonando del otro lado de la ventana.
Algunos podrían pensar que sigo trabajando.
Y sí.
Pero en realidad estoy haciendo algo mucho más importante.
Estoy volviendo a encontrarme conmigo.
Porque cuando toda nuestra energía está puesta en cuidar a otros, corremos el riesgo de olvidarnos de quiénes somos además de ser mamá.
No hace falta emprender.
No hace falta vender productos.
Cada una encontrará su propio refugio.
Puede ser pintar.
Leer.
Tejer.
Caminar.
Cocinar.
Cuidar las plantas.
Escribir.
Lo importante es recordar que también necesitamos un espacio que nos devuelva calma.
No para escapar de nuestros hijos.
Sino para volver hacia ellos con el corazón un poco más liviano.
Hoy sigo acompañando a mi hijo.
Seguimos yendo a profesionales.
Seguimos aprendiendo.
Seguimos equivocándonos muchas veces.
Pero entendí algo que cambió mi manera de vivir este proceso.
Una mamá que también se cuida no está abandonando a su hijo.
Está construyendo la fuerza que va a necesitar para seguir acompañándolo mañana.
Y quizás eso también sea una forma de amor.
¿Vos también encontraste un pequeño refugio para atravesar los días difíciles? Me encantaría leerte en los comentarios. Quizás tu experiencia también pueda ayudar a otra mamá.

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