Hace cinco años vivimos en una casa de alquiler y, poco a poco, fuimos encontrando la manera de ponerle nuestro sello.
Con el tiempo entendí que no hace falta ser dueño de una casa para transformarla. A veces alcanza con animarse a cambiar un color, mover un mueble o crear un rincón pensado para quienes amamos.
Hace algunos meses venía pensando en separar las habitaciones de mis hijos.
Mi hijo ya tiene 9 años y mi hija 12, así que siento que ah llegado el momento de que cada uno tenga su propio espacio.
Como siempre, empecé buscando inspiración en Pinterest —mi red social favorita desde hace años— porque ahí puedo pasar horas guardando ideas: desde decoración hasta recetas o proyectos DIY.
Y entonces encontré esta imagen que me encantó.
La combinación de azul profundo, blanco y detalles en verde aportaba frescura, luminosidad y mucha personalidad. Me enamoró esa pared oscura en la cabecera porque daba profundidad sin apagar el ambiente.
Inspirada en esa foto, nos pusimos manos a la obra.
Fuimos a mi pinturería favorita, Pinturería Sen, acá en el pueblo, donde trabajan con toda la línea de colores Sherwin-Williams. Encontramos un azul muy parecido al de la imagen y además elegimos una pintura impermeabilizante, ideal para una habitación infantil donde las marcas y rayones aparecen inevitablemente con el uso diario.
Contratamos a un pintor joven que hizo un trabajo excelente y transformamos completamente la habitación: el azul aportó profundidad y el blanco ayudó a mantener la luz y la amplitud.
La cortina amarilla ya la teníamos y decidimos dejarla.
Y hoy creo que fue una gran decisión, porque le aportó alegría y energía al cuarto. A veces los espacios también necesitan un poco de color inesperado.
Uno de los detalles más especiales de este cuarto fue que mandamos hacer el vestidor y la mesa de luz a medida, diseñados por mí y realizados por un carpintero conocido del pueblo.
Después pintamos la mesa de luz en un tono muy parecido al azul de la pared para que todo se integrara visualmente y el espacio se sintiera armónico, moderno y pensado especialmente para él.
También empezamos a sumar pequeños objetos con historia y significado.
El autito antiguo, por ejemplo, había sido de mi suegro y hoy es de Lau. Me encanta pensar cómo algunos objetos van pasando de generación en generación y terminan encontrando un nuevo lugar dentro de la casa.
La alcancía también ocupó un lugar importante en su habitación porque queríamos enseñarle desde chico el valor de ahorrar y cuidar sus cosas.
Y aunque parezca un detalle simple, también me esforzaba por mantener su ropa doblada, ordenada y al alcance de su mano para que aprendiera a ser independiente y mantener sus espacios en orden.
Cada rincón tenía una intención.
Los cuadritos hechos por mí en fibrofácil terminaron de darle personalidad al ambiente y convertirlo en un cuarto pensado especialmente para él.
Lo más lindo fue verlo feliz.
Porque, al final, decorar también es eso: crear lugares donde quienes amamos se sientan bien, contenidos y un poquito más felices.
¿Qué les parece?
¿Se animarían a usar colores oscuros en una habitación infantil o juvenil?





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