Esta mesita de luz fue uno de esos proyectos.
La diseñé pensando en la habitación de Lautaro, buscando algo simple, funcional y con personalidad. Quería un mueble que acompañara el cuarto sin verse infantil, pero que al mismo tiempo conservara ese aire alegre y fresco que tienen las habitaciones de los chicos.
Me encanta pensar que los muebles también cuentan historias.
Porque detrás de esta mesita hubo diseño, pintura, pruebas de color, ideas anotadas y muchas ganas de crear algo único para nuestro hogar.
Con el tiempo se convirtió en mucho más que una mesa de luz.
Fue el lugar donde quedaron los primeros libros favoritos, pequeños juguetes, tesoros encontrados y hasta esos objetos simples que terminan teniendo valor emocional.
El autito antiguo que aparece en una de las fotos, por ejemplo, era de mi suegro y hoy es de Lau.
Y creo que eso resume bastante bien lo que significa decorar una casa: mezclar objetos nuevos con recuerdos, funcionalidad con historia, diseño con vida real.
También me gusta que tenga espacio para guardar libros y enseñar pequeños hábitos cotidianos: mantener el orden, tener las cosas a mano y cuidar lo propio desde chicos.
A veces pensamos que transformar un ambiente implica grandes presupuestos o cambios enormes.
Pero muchas veces un solo mueble diseñado con intención puede cambiar completamente la energía de un espacio.
Y quizás eso es lo que más disfruto de la decoración:
la posibilidad de construir hogares que hablen de quienes somos.



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