Volviendo a levantarme


Esta mañana, mientras hacía mi devocional, leía sobre la resiliencia: esa capacidad de levantarse frente a la adversidad.
El texto decía que la resiliencia va de la mano con el amor propio y la autoestima… y tiene razón.
Una persona que conoce su valor, difícilmente se queda en el suelo lamentando su dolor.

Eso lo aprendí —no solo leyendo— sino viviéndolo y trabajándolo en terapia.
Porque decir “sé fuerte” es fácil… implementarlo, no tanto.

He sido resiliente muchas veces en mi vida, pero últimamente sentía que las adversidades se habían convertido en una gran piedra bloqueando la entrada de la cueva. No podía moverla. Me sentía incapaz.
Pensaba que me había rendido.

Por suerte existe Dios, la psicología y el amor de la familia, que, cada uno a su manera, te ayudan a recordar que rendirse no es el camino.

Hoy, después de semanas de lucha interna, empiezo a ver una pequeña luz.
He seguido trabajando, cuidando a mis hijos, estudiando… pero sobre todo, aprendiendo a soltar, a delegar, a entender que no necesito ser un pulpo para sentirme capaz o valiosa.

El cambio profundo que busco es como escalar una montaña empinada.
Pero esta vez voy con herramientas.
Ya no lo hago sola.

Y aunque el camino sigue, puedo decir que poco a poco…
le estoy ganando la batalla a la depresión.







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