Las cosas que tuve que cerrar para convertirme en quien soy hoy
Durante mucho tiempo pensé que cerrar algo era fracasar.
Cerrar una etapa, dejar un trabajo, abandonar un proyecto o cambiar de rumbo me generaba una sensación incómoda. Como si estuviera renunciando. Como si no hubiera sido capaz de sostener lo que alguna vez había elegido.
Con los años descubrí que no era así.
La vida no siempre avanza en línea recta. A veces crecemos, cambiamos, aprendemos cosas nuevas y, sin darnos cuenta, dejamos de encajar en lugares que antes nos representaban.
Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que gran parte de la mujer que soy hoy nació de puertas que tuve que cerrar.
Primero fue la enfermería.
Durante muchos años trabajé en emergencias. Era un trabajo intenso, exigente y profundamente humano. Aprendí a acompañar el dolor, a actuar bajo presión y a valorar la vida desde lugares que pocas personas conocen.
Pensé que sería mi camino para siempre.
Pero la llegada de mi hijo cambió muchas cosas.
Lautaro necesitaba una mamá presente. Yo también necesitaba tiempo para aprender, para entender, para acompañarlo en un recorrido que no siempre fue sencillo. Sin planearlo, fui dejando atrás aquella profesión que tanto me había dado.
Durante mucho tiempo sentí culpa por eso.
Hoy siento gratitud.
Porque aquella enfermera sigue viviendo dentro de mí. Solo encontró otras formas de cuidar.
También tuve que cerrar la idea de que la vida saldría exactamente como la había imaginado.
La maternidad me enseñó que existen caminos distintos. Que no todos los hijos recorren la misma ruta. Que muchas veces hay que soltar expectativas para abrazar la realidad tal como es.
Y en ese proceso aprendí más de amor, paciencia y fortaleza de lo que podría haber imaginado.
Hace poco también tuve que cerrar mi local.
Recuerdo perfectamente la ilusión con la que abrí las puertas de GRACE. Había sueños, proyectos, ganas de construir algo propio.
Durante un tiempo pensé que cerrar ese espacio físico significaba perder.
Sin embargo, cuando me animé a dar el paso, descubrí algo inesperado: lo que realmente había construido no eran cuatro paredes.
Era una comunidad.
Era una forma de mirar los hogares.
Era una manera de acompañar a otras personas a crear espacios más lindos, más cálidos y más habitables.
GRACE no terminó.
Simplemente cambió de forma.
Y quizás esa sea una de las lecciones más importantes que aprendí.
No todo lo que termina desaparece.
Hay cosas que evolucionan.
Hay sueños que se transforman.
Hay versiones nuestras que necesitan despedirse para que otras puedan nacer.
Hoy sigo estudiando.
Sigo emprendiendo.
Sigo escribiendo.
Sigo imaginando proyectos.
No porque tenga todo resuelto, sino porque entendí que reinventarse también forma parte de vivir.
Si algo me enseñaron estos años es que las puertas que se cierran no siempre son el final de una historia.
Muchas veces son el comienzo de la siguiente.
Y cuando miro hacia atrás, con todas mis dudas, errores y cambios de rumbo, puedo decir algo que antes no entendía:
No me convertí en quien soy a pesar de las cosas que tuve que cerrar.
Me convertí en quien soy gracias a ellas.

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