Corría el año 2016 y, después de mucho esfuerzo, recién comenzábamos a estabilizarnos económicamente cuando, un buen día, mi esposo se quedó sin trabajo.
Al principio nos angustiamos muchísimo. Sentíamos incertidumbre, miedo y una gran preocupación por el futuro. Pero, después de algunos días de pensar y hablar mucho, le dije:
—¿Y si ponemos un consultorio particular y trabajamos juntos?
Parecía una locura.
No teníamos demasiado dinero para invertir, ni experiencia en emprendimientos. Pero sí teníamos ganas, fuerza y la necesidad de salir adelante.
Y nos animamos.
Alquilamos un pequeño local en pleno centro de nuestra ciudad y nos lanzamos al hermoso —y desafiante— mundo del emprendimiento.
Quienes alguna vez emprendieron saben exactamente de qué hablo: esa mezcla de adrenalina, miedo, incertidumbre y esperanza. No sabes cómo te va a ir, pero aun así das todo de vos para que funcione.
Como ya saben, siempre me apasionó la decoración y el diseño de interiores, así que me encargué de toda la ambientación del lugar.
El local era más largo que ancho, así que decidimos dividirlo en dos sectores: uno destinado a la secretaría y sala de espera, y otro para el consultorio.
Con placas de durlock levantamos una pared falsa y creamos el escritorio para la recepción. Todo fue bastante artesanal y hecho con muchísimo esfuerzo.
El lugar estaba completamente pintado de blanco, algo desgastado y sin demasiada personalidad. Así que me puse manos a la obra y le di varias manos de pintura para devolverle luminosidad y sensación de limpieza.
Aunque había quedado prolijo, sentía que todavía parecía una “caja blanca” sin alma. Entonces decidí arriesgarme y agregar color en la pared detrás del escritorio.
Y fue un acierto total.
De repente el lugar empezó a sentirse cálido, moderno y mucho más humano.
Con el tiempo comenzaron a suceder cosas lindas. Una nutricionista alquiló el local de al lado y, poco a poco, lo que había comenzado como un simple consultorio terminó convirtiéndose en un policonsultorio con distintos profesionales trabajando juntos.
Entonces volvimos a animarnos.
Cambiamos el color de la fachada, sumamos más mobiliario a la sala de espera y el espacio empezó a tomar forma de centro de salud.
Todo fue creciendo paso a paso.
Y eso quizás es lo que más me emociona cuando miro estas fotos: entender que detrás de cada pared pintada, cada mueble armado y cada cambio de color, había sueños, esfuerzo y muchísimas ganas de construir algo propio.
Hoy, después de tres años y medio de trabajo, volvimos a renovar el espacio una vez más.
Esta vez me animé a un color mucho más intenso, bien subido de tono, y el cambio transformó por completo el lugar.
Y aunque pasaron los años, sigo sintiendo exactamente la misma emoción que el primer día: la felicidad de crear espacios que acompañen historias de vida.
Porque, al final, eso también es el hogar.
Incluso cuando se trata de un consultorio.














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