Sobre esos sillones siempre había almohadones rústicos creados por sus propias manos, confeccionados con algún retazo que encontraba por allí. Nada era perfecto, pero todo tenía alma.
Creo que mi amor por la decoración lo heredé de ella.
Y como me encantan los desafíos, decidí darles una nueva oportunidad.
En uno de mis ratos libres me animé a empezar a restaurarlos y elegí, sin miedo, una pintura bien subida de tono: un rosa fluorescente que rompe completamente con el estilo clásico del hierro antiguo… y justamente por eso me encantó.
Buscando inspiración encontré un video en internet que explicaba paso a paso cómo restaurar este tipo de muebles, así que me lancé a probar.
Por ahora lo único que hice fue lijar la mesa para quitar todo rastro de óxido, darle una mano de fondo blanco y una primera capa de rosa.
Pero eso quedará para otro post… donde prometo mostrarles el trabajo terminado.
Porque a veces restaurar objetos también es una forma de volver a abrazar recuerdos.



Publicar un comentario