“De la bata blanca al mostrador: una enfermera que nunca dejó de cuidar”




Hoy es el Día de la Enfermería, y aunque hace años dejé de ejercer formalmente, esa parte de mí sigue viva. Algunos ya ni me saludan, porque saben que mi día transcurre más entre papeles, historias clínicas y pacientes que vienen al consultorio donde trabajo como secretaria médica. Pero esta mañana, mi madre me escribió algo que me dejó pensando.

> “Buenos días hija querida! No sé si felicitarte por el día de las enfermeras, porque hace rato no ejerces. Sí, felicitarte por el gran esfuerzo que hiciste en lograr esa carrera. Creo que fue el camino que elegiste para huir de todo lo triste que te tocó vivir en tu adolescencia…”



Mi mamá suele escribirme párrafos largos, llenos de reflexiones, pero este mensaje fue distinto. Me sacó una radiografía del alma. Me llevó directo a mis doce años, cuando la vida me puso responsabilidades demasiado grandes para una niña.

Mi padre había perdido su trabajo y comenzó con un pequeño emprendimiento: una verdulería en el centro de Villa Ángela. Salía de la escuela y me iba directo a ayudarlo: limpiar papas, atender al público, cargar la camioneta vieja que usaba para repartir. Mi abuela, una mujer de carácter fuerte, llevaba el negocio adelante. Mi madre, dividida entre seis hijos y un matrimonio atravesado por el machismo, no tenía muchas opciones. Y yo, la mayor, hacía lo que debía hacerse.

Entre días de trabajo y tareas domésticas, había algo que me sostenía: leer. En casa había revistas Selecciones del Reader’s Digest, y en una de ellas encontré la historia de un paramédico que salvaba vidas en medio de la noche. Me conmovió profundamente. Su entrega, su vocación, su deseo de ayudar. Sentí que eso quería hacer yo: ayudar a otros.

Así nació el sueño de ser enfermera.

Cuando terminé la secundaria, le dije a mi padre:

> “Papi, quiero ir a estudiar a Corrientes. Enfermería.”
Me respondió:
“Bueno, si es lo que te gusta, andá. Pero no tengo mucha plata para darte.”
Y allá fui. Con una cama, un colchón, una mesita y una enorme ilusión.



El primer día que pisé la facultad sentí que había tocado el cielo. Ese guardapolvo blanco era más que un uniforme: era mi bandera. Pero el camino no fue fácil. Tuve que trabajar para mantenerme, cuidar ancianos, limpiar casas, y estudiar en los ratos libres. Me llevó seis años recibirme. Seis años de esfuerzo, lágrimas y mucho aprendizaje.

Trabajé luego en un centro de alta complejidad, con pacientes cardíacos. Fue una etapa hermosa, donde aprendí más que en cualquier aula. Pero también conocí la otra cara del sistema de salud: la falta de reconocimiento, los bajos sueldos, las condiciones precarias.
Ahí empecé a sentir que algo en mí pedía un nuevo rumbo.

Dejé de ejercer para dedicarme a mi familia. Y con el tiempo, volví a mi pueblo, donde junto a mi esposo —médico— abrimos nuestro propio consultorio. Empecé como secretaria, para ahorrar costos, y descubrí algo que no esperaba: me encantaba ese rol. Desde ahí puedo seguir cuidando, escuchando, acompañando. Sin uniforme, pero con la misma vocación.

Hoy, al mirar atrás, entiendo las palabras de aquella profesora que me dijo:

> “Aguirre, estudie, recibase y después podrá elegir en qué trabajar.”



Tenía razón.
Ser enfermera me formó el carácter, me dio fortaleza, empatía y una mirada distinta sobre la vida.

Y aunque mis días hoy transcurran entre fichas, llamadas y pacientes, la esencia sigue ahí: seguir cuidando.

Todavía guardo el sueño de estudiar Decoración de Interiores —mi otra pasión— y sé que algún día lo haré. Porque si algo aprendí en este camino, es que los sueños no se apagan, solo esperan su momento.

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