Crónica de una mañana en el pueblo

 


Pensé este título varias veces, sobre todo en esas mañanas en las que llevo a mis hijos al colegio.

Hoy, por ejemplo, acompañé a mi hija mayor. Entra a las siete y, a esa hora, como casi no hay nadie en la calle, le da miedo. Me levanté a las seis para despertarla, aunque no hizo falta: el despertador sonó justo en ese momento.

Nos alistamos, preparé su café y caminamos juntas hasta el colegio, que está a solo dos cuadras de casa. En la esquina recién abría la verdulería; saludamos a los chicos que nos atienden casi todos los días, siempre tan amables. Unos metros antes de llegar pasamos por el consultorio y vimos a Gisela, que ya estaba limpiando tempranito para que, cuando lleguemos a trabajar, todo esté impecable.

Al volver, preparé el desayuno para mi hijo más chico mientras se bañaba. Desayunó, armó sus útiles y, a las ocho menos diez, su papá pasó a buscarlo para llevarlo a la escuela. Está a unas nueve cuadras, pero en invierno preferimos acercarlo por el frío.

En el colegio la mayoría de los padres nos conocemos. Nos saludamos, charlamos un poco. Algunos, incluso, son nuestros pacientes.

Vivir en un pueblo es así. Todo sucede sin tanto frenesí. Las distancias son cortas y llegar al trabajo no lleva más de diez minutos, salvo que vayas caminando desde más lejos. La mayoría se mueve en moto; se ven pocas bicicletas.

Enfrente del departamento está el supermercado más concurrido del pueblo. Empezó siendo un minimercado y, con los años, se transformó en el súper más elegido. Hay otros, claro, pero cuando la gente se encariña con un lugar, sigue apostando por él aunque lleguen cadenas más modernas.

Desde el balcón es común ver, a las siete y media de la mañana, a personas esperando con sus bolsitas para que abra el súper, hacer las compras y volver temprano a casa. Muchos salen directo rumbo al campo.

Cuando entrás, todos te saludan. El que recibe las bolsas, el carnicero, la panadera, el cajero. Todos se conocen. Eso nos convierte en un pueblo, aunque por cantidad de habitantes deberíamos ser una ciudad.

Los chicos tienen el club a cinco cuadras y el gimnasio a seis. Van caminando a la casa de sus amigos o los reciben acá. No hay casi robos.

Vivir en un pueblo tiene sus cosas buenas y sus cosas difíciles.
Mis hijos extrañan de la ciudad grande las opciones: los shoppings, los cines, las plazas (acá hay solo tres). Pero la tranquilidad de este lugar hace que, cuando nos vamos de vacaciones, después de unos días, lo empecemos a extrañar y tengamos ganas de volver.

Reflexión final

Vivir en un pueblo te enseña a valorar lo simple: los saludos de todos los días, las caras conocidas, los gestos pequeños que en la ciudad se pierden.
Te conecta con lo esencial, con un tiempo más lento y con personas que, sin saberlo, se vuelven parte de tu historia cotidiana.

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